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28/4/11

Supersticiones romanas y adivinos diversos


Este artículo es un poco puzzle de diversas costumbres e instituciones, relacionadas con los métodos adivinatorios. Ya os hablé algo del augur, etc, pero creo que abundar en este tema puede resultar de interés para ciertos pjs y situaciones que puedan darse en el vivo, así es que ahí vamos!!

Supersticiones diversas:

Fortuna: Es la diosa Romana del destino, se la representa con el cuerno de la abundancia, es ciega y tiene un timón de navío o una esfera, símbolo de lo universal. NO representaba para ellos la superstición, sino que era una diosa más del Panteón y adorada desde tiempos remotos, probablemente desde época de Servio.

Los martes eran días nefastos, pues al estar dedicados a Marte, dios de la guerra, se pensaba que cualquier cosa de relevancia, podía acabar en desastre. De ahí la frase: Martes, ni te cases ni te embarques.

Los romanos creían que las serpientes daban buena suerte, por eso las pintaban en las paredes. Augusto las usaría en su imitatio de Alejandro Magno, haciendo una profecía posteventum sobre su nacimiento, en la que Atia soñaría con estos animales.

Nombre esotérico de Roma: Los nombres, en las sociedades antiguas, tenían un gran poder. Las tradiciones orientales hablaban de que aquel que conociera el nombre real de una persona, tendría un gran poder mágico sobre él. Por ello, los egipcios envolvían en cartuchos de protección mágica el nombre de sus reyes y reinas.

Tanta fuerza tiene esta tradición, que ha pasado a leyendas y cuentos como el de Rumpelstinkin.

Pues los romanos, no fueron menos y creían que el decir en voz alta el nombre esotérico de Roma (Roma dicho al revés=Amor), era un insulto a los dioses y se podían suceder calamidades tras citarlo.

Epilepsia

De epí-lambáno dicen todos los etimologistas, que procede esta palabra. La preposición epi significa sobre, encima, por oposición a hypó = debajo. Como prefijo, puede funcionar de intensificador. Si pasamos a lambáno, el primer significado es tomar, y por derivación poseer, coger con violencia, apresar, ser poseído (por la enfermedad, por el furor, etc.). Ménos éllabe zymón = la ira poseyó su espíritu; tomar posesión de algo o alguien, ir contra alguien.

Hacer un repaso a los nombres y la consideración que ha ido teniendo esta enfermedad a lo largo del tiempo, puede ayudarnos a adivinar el significado de epilepsia. Morbus sacer (y también morbus divinus), es una de sus líneas de denominación. Significa enfermedad sagrada; su importante componente psíquico la sitúa en la categoría de las enfermedades divinas (zéia manía = divina locura). Aunque al adjetivo “sagrado” se le dio la vuelta completa y referida a males, significaba males o enfermedades enviadas por los dioses, es decir las más terribles.

A la forma más grave se la conoció también, en efecto, con el nombre de gran mal (y con el de pequeño mal a la más leve). Morbus herculeus, la enfermedad hercúlea, fue llamada también en la antigüedad, quizás por la extraordinaria fuerza, que desarrollan los enfermos bajo los efectos de un ataque de epilepsia. Se la llamó también en Roma morbus comitialis (enfermedad de los comicios) porque éstos se suspendían en cuanto alguien de la asamblea caía atacado por la epilepsia. Al que sufría de esta enfermedad o caía fulminado por un ataque se le llamaba comitialis (compartía nombre con el homo comitialis, que era el votador profesional, que vendía su voto en los comicios).

A la misma línea pertenece la denominación de morbus sonticus, que significa enfermedad grave (referido en especial a la epilepsia); el morbus sonticus, era en general toda enfermedad lo bastante grave como para constituir una excusa legal que justificara la gran superstición de los romanos (lo más probable es que tanto en cuanto a los comicios, como en cuanto a los juicios, la suspensión ante un caso de epilepsia se debiera al citado carácter supersticioso de los romanos, que lo considerarían una intervención divina, para castigar sin necesidad de juicio –sons, sontis significa perjudicial, nocivo, culpable, criminal-). Se la llamaba también morbus caducus (y caducarius o caducus homo al epiléptico) probablemente en el sentido que actualmente damos a la expresión "enfermedad terminal", enfermedad que lleva a la muerte. Muchos nombres para una enfermedad.

Si tenemos en cuenta que epileptéuomai es estar poseído de furor; epileptós es el cogido in fraganti, el que es atrapado por un gran mal, el epiléptico; y que epileyiv es la acción de coger a alguien, de tomar posesión de él, bien puede ser que los griegos pensaran en el fenómeno de la posesión, al denominar la epilepsia y que los romanos les siguieran a su manera. Y los judíos entendieran de esta última forma a la epilepsia, ya que interpretaban los ataques de epilepsia como manifestaciones de la posesión diabólica; creencia que pasó al cristianismo y se intentó remediar mediante exorcismos.

Adivinación:

Había dos tipos, la “inspirada” o sortes, de influencia Griega. No estaba muy valorada entre los romanos, excepto los Libros Sibilinos, máxima expresión de este tipo de mancia.

El otro tipo era considerado más una técnica que un arte mágico, era la adivinación inductiva o deíctica, basada en la idea de que los hombres eran capaces de conocer la voluntad divina si sabían interpretar correctamente sus señales, que podían ser desde la caída de un rayo, ruidos extraños o el nacimiento de un ser deforme. Estaba regulado por el ius augurale o derecho augural, que explicaba de forma precisa el significado de cada señal observada.

Cuando esta señal se manifestaba de forma auditiva, se hablaba de omen y solía achacarse a una homofonía o a algún juego de palabras. El más famoso es de de Craso que oyó como un vendedor de fruta dijo “cauneas!” (higos de cauno), homófono de la expresión “Caue ne eas!” (¡cuidado, no vayas!), pero Craso no les prestó atención y sufrió una tremenda derrota en Carras frente a los Partos, en donde perdió su vida y murieron miles de legionarios romanos, entre los que también se encontraba su hijo, dejando viuda a la futura Quinta Pompeya.

Era mucho más habitual el recibir señales de tipo visual, conocidos como auspicium o contemplación de las aves, debido a que la ornitomancia era la forma más extendida de adivinar por medio de la vista. El más famoso es el de Rómulo y Remo cuando fundaron la ciudad (Tito Livio. Historia de Roma 1, 6-7).

Un tipo especial de señales divinas eran los prodigia, señales de mal augurio y que anunciaban calamidades o advertencias para el futuro. Para prevenir estas desgracias, se realizaban ceremonias de purificación incluso a nivel estatal.

Los etruscos, un pueblo de los primeros que conquistaron los romanos, eran conocidos por su dominio de este tipo de artes y sobre todo sus mujeres, como Tanaquil, la esposa del rey Tarquinio el Viejo (siglo VI a. C.).

Los más prestigiosos de los adivinos eran los augures, ligados al marco religioso público romano y organizados en un collegium.

Augures

La palabra augurio, que suele utilizarse comúnmente en la expresión "buenos/malos augurios", proviene de augur, nombre con el cual en la antigua Roma se designaba al sacerdote encargado de observar e interpretar los fenómenos celestes. Estos eran considerados símbolos de la voluntad divina. De esa manera, rayos, truenos o relámpagos eran interpretados como mensajes emitidos por los dioses. También en la adivinación del futuro, misión fundamental de los augures, se tenían en cuenta otros fenómenos considerados señales de la buena o mala voluntad divina: vuelo, nutrición y canto de los pájaros, movimientos de animales terrestres, incidentes producidos durante la observación, etc. Hay que mencionar que el pájaro, es un símbolo de la divinidad, representando su vuelo la ascensión desde lo terreno hacia lo celestial.

El augur era pues un adivino que interpretaba fenómenos naturales como presagios de lo por venir y de la voluntad divina. La voz castellana agorero deriva directamente del latín augur.

El augurio era la observación de los fenómenos citados y el resultado de dicha operación: la profecía, el presagio.

Los augures efectuaban sus observaciones en un espacio rectangular denominado auguráculo (en el Monte Capitolino), vestían la toga praetexta, con franjas naranjas (llamada también trabea) y su insignia era el lituus, especie de cetro con el extremo curvado.

La religión romana tuvo carácter esencialmente práctico. La finalidad era hacer propicios los poderes y las fuerzas de la naturaleza, que no obedecen a la voluntad humana. Por eso se nombraban magistrados, previa consulta a los dioses (auspicium), auxiliados por los pontífices. Para la interpretación del vuelo de las aves (augurium) y de la comida de los pollos sagrados (tripudium) actuaban los Augures que observaban el comportamiento de estos animales, que eran llevados en jaulas, en épocas de guerra, ya que eran especialmente indispensables.

Inauguratio: Toda actividad que se iniciaba o todo emplazamiento habilitado tras el consentimiento de los augures - una vez presagiada la buena voluntad de los dioses- se denominaba inaugurado. Se inauguraban así magistraturas, sacerdocios, fiestas, templos, poblaciones, etc. Según la ley de las doce tablas, está prohibido desobedecer a los augures, bajo pena de muerte. Parece ser que inicialmente fue costumbre de origen Caldeo, que con el tiempo arte pasó a Grecia y luego a Roma.

Eran varios magistrados cuyo cometido consistía en predecir el porvenir y que, en cierto modo, eran considerados como intérpretes de los dioses. Tuvieron en Roma una veneración sin límites y antes de acometer cualquier empresa, se les consultaba para saber cuál sería el resultado. Gozaron de una consideración ininterrumpida hasta el fin de la República. Entonces cayeron en descrédito, ya que un ciudadano pudo decir entonces: "No concibo cómo dos augures pueden mirarse sin reírse". Se usaron mucho en política para cambiar fechas de juicios y comicios, pues sin su visto bueno, no se podía emprender ninguna tarea oficial importante, ni siquiera militar.

Ejemplo de mal augurio: 4 relámpagos por la derecha y una lechuza chillando.

Arúspice (en la imagen de arriba)

La aruspicina (a veces también escrito con “h”: Haruspicina, Haruspices) adquirió una gran importancia en la antigua Roma. Haruspex es una palabra compuesta formada a partir de haru -voz que se presume de origen etrusco y significaría entrañas, exta en latín- y specere : ver.

Los Harúspices o arúspices - de menor importancia que los augures - constituían entre los romanos una clase especial de sacerdotes, y examinaban las vísceras internas de ciertos animales (sobre todo el hígado), emitiendo el llamado auspicio. Este era un sacerdote-adivino que existía entre los etruscos y solían ser extranjeros, que habitualmente provenían de Etruria. Más tarde esta figura (como tantas otras prácticas e instituciones) fue tomada por los latinos o romanos que eran vecinos de los etruscos (asentados en la región de Toscana) y a los cuales terminaron dominando. Los etruscos, a su vez, habrían tomado este oficio y su práctica -la aruspicina- de culturas orientales, más concretamente, de la Mesopotamia asiática. Libros antiquísimos, que se han perdido, recogían este arte de la aruspicina. En los mismos se enseñaba a observar e interpretar un conjunto de fenómenos, en especial el aspecto de las vísceras de las víctimas sacrificadas, consideradas símbolos de la voluntad divina.Un modelo de esta disciplina que nos ha llegado, es el famoso hígado de Plasencia.

Cicerón en su tratado "De la adivinación" expresa lo siguiente: "Habiéndose creído que el arte de los arúspices ejercía una gran influencia sobre la marcha de los sucesos, arte concerniente a la interpretación y expiación de los prodigios, se tomó de Etruria toda esta ciencia".

La aruspicina se denominaba hieroscopia o hepatoscopía, si se limitaba a la observación del hígado y extispicina si se extendía al conjunto de las vísceras (exceptuando el cerebro): corazón, estómago, hígado, intestino, pulmones, bazo, riñones y útero).

Cada una de estas entrañas, que se hallan en el medio del cuerpo del hombre o de otros animales, son consideradas espejo del orden cósmico en su funcionamiento. Pueden pensarse también a la manera de un libro cósmico. En este tipo de adivinación dentro de la tradición europea se han establecido correspondencias entre los riñones y Venus, el hígado y Júpiter, el bazo y Saturno. A su vez, teniendo en cuenta las energías, el corazón es el centro simbólico de la espiritualidad, los pulmones de la intelectualidad, el hígado de la vitalidad, etc.

Otros tipos de adivinación:

La especialización del arte adivinatorio fue tal, que surgieron innumerables mecanismos para captar la voluntad de los dioses, como la fulguratura o keraunoscopia, que se ocupaba de los rayos o los pullarii, que observaban a los pollos sagrados.

13/4/11

La Cumulatio.

Los romanos republicanos, tenían muy clara una idea en su cabeza: No querían bajo ningún concepto el volver a los tiempos en los que Roma estaba gobernada por un solo hombre, que tenía en sus manos todos los poderes: Político, judicial, militar y religioso.

Al principio, Roma era gobernada por reyes justos, que escuchaban a su pueblo, como Servio Tulio, el gran legislador o Numa, reformador religioso (en la imagen de la moneda a la derecha, junto a Ancio Marco). Pero cuando Tarquinio el Soberbio subió al poder, los romanos sufrieron en sus carnes la cumulatio de poderes que le habían dado al rey: Tarquinio usó la violencia, el asesinato y el terror para mantener el control sobre Roma como ningún rey anterior los había utilizado, derogando incluso muchas reformas constitucionales que habían establecido sus predecesores. Rey se convirtió en sinónimo de tirano para los romanos.

A pesar de que en la época en la que se desarrolla el vivo es muy lejana de aquellos tiempos (Tarquinio se dice que murió alrededor del 495 a. C. y el vivo se desarrolla en el 50 a. C.), el recuerdo negativo de los tiranos seguía vivo e incluso se había arraigado más profundamente, convirtiéndose en parte de la ideología de todo buen romano. A esta niebla del tiempo, como la que nubla la visión de los humanos comunes de la Iliada, se añadía la pérdida de toda la documentación de épocas anteriores al 390 a.C., momento en que los galos, saquearon Roma. La leyenda era más cercana a lo que creían los romanos, que a la propia realidad del Regnum Romanorum.

Por ello, erigieron estatuas a la gens de Bruto, que se libraron del último rey, el tirano Tarquinio. Para asegurarse que ningún romano acumulaba demasiado poder, todos los cargos fueron colegiados, incluso los religiosos y los consulados (cargo más importante políticamente en Roma) eran compartidos por dos hombres y se cambiaban anualmente. Se dividieron en multitud de magistraturas, las múltiples funciones acumuladas por el rey y se conformó poco a poco el actual cursus honorum. El derecho a votar para elegir a los cargos políticos se convirtió en algo de gran prestigio, signo indudable de la ciudadanía romana.

Todo ello, se hacía para evitar la denominada cumulatio o acumulación de poder en un solo hombre. Por ello, los Senadores optimates tienen tantas reticencias a las últimas actuaciones de César, ya que ha obviado las órdenes políticas del Senado, tiene gran poder militar y es el mayor cargo religioso de facto (Pontifex Maximus).

Hasta el mismo César o su sucesor, Octavio, intentaron mantener la ilusión de la continuidad de las magistraturas y del status quo, para no violentar en exceso la ideología de los romanos. Nunca fueron denominados Emperadores ni Reyes: César fue Dictator y Octavio, Princeps.

Sobre los tiempos de la Monarquía:

http://es.wikipedia.org/wiki/Reyes_de_Roma

11/4/11

Algunas figuras clave en Roma: El censor romano, el augur y el tribuno de la plebe. Las Vestales.

Hoy comentaré de forma muy resumida estas instituciones político religiosas de los romanos de la república, pues pueden tener relevancia en el vivo, ya sea por intervención directa o indirecta.

El censor romano era el máximo cargo al que se podía optar en política tras haber sido cónsul. Sus tareas principales eran realizar el censo de población, a la que agrupaban por riqueza (siempre sin contar con las mujeres, excepto aquellas con derechos sobre herencias) y velar por la moralidad de la población, de donde viene el actual término de “censura”. Eran dos censores elegidos cada 5 años, pero que sólo actuaban durante 18 meses.

Dentro de sus responsabilidades estaban el guardar los listados de votantes, asignar a los nuevos votantes en diferentes tribus, asegurarse que las tribus patricias tuvieran la mayoría en las votaciones. Además, deciden quién era ciudadano o no: El privilegio de la ciudadanía tenía privilegios y si ponían una marca negra junto al nombre de alguno por conducta inmoral, era peligroso, puesto que se le puede expulsar del Senado, impedía el derecho al voto, cancela contratos y acuerdos estatales, revoca licencias para abrir negocios, etc. Esa odiada marca, podía arruinar la vida política, económica, social y militar de cualquiera en Roma. Pero aún había más. Si el personaje en cuestión era especialmente odiado por el censor, se podía convocar a cualquiera ante un comité especial del Senado, que investigaba su moralidad. Las investigaciones se eternizaban paralizando totalmente la vida del acusado. Acusaciones típicas eran el soborno, conspiración, traición, corrupción, falsificación de documentos, malversación de cargos, etc.

Por ello, los romanos elegían a políticos muy íntegros para el cargo, puesto que podían destruir el futuro de cualquiera.

Los augures eran parte de un colegio sacerdotal, pero con grandes implicaciones políticas, pues estudiaban los libros de la disciplina etrusca para poder interpretar para los magistrados los “prodigia” o sucesos antinatura, que eran el mensaje de los dioses descontentos. Estos mensajes eran transmitidos al Senado y sus magistrados, que debían de seguir sus consejos, para evitar romper el pacto divino o Pax Deorum y así, tenían en sus manos innumerables situaciones del mundo político, militar y social, puesto que si los augurios eran nefastos, se podían suspender o emprender acciones tan relevantes como juicios, votaciones, selecciones y guerras.

Al vivo acudirá uno de los augures más reputados de Roma, Marco Valerio Mesala Rufo.

El tribuno de la plebe era un cargo que surgió tras las revueltas sociales de los plebeyos y fue ganando atribuciones con el tiempo. Llamados Tribuni Plebis y que no hay que confundir con los tribunos militares ya existentes, con funciones en el ejército. El tribunado era sacrosanto (sacrosanctitas), lo cual significa que quien la ocupase estaría protegido de cualquier daño físico, y que tendría el derecho de auxiliar a los plebeyos y rescatarlos del ejercicio del poder de un magistrado patricio (ius auxiliandi). Además, los tribunos adquirirían un poder mucho mayor a través de la concesión del ius intercessionis, que les daba el poder de veto sobre cualquier ley o propuesta de cualquier magistrado, incluyendo otros Tribunos de la Plebe (había 10).

El tribuno tenía poder para ejercitar la pena capital sobre cualquier persona que interfiriese en el ejercicio de sus actividades. El carácter sacrosanto del tribuno se reforzaba mediante un juramento solemne de todos los plebeyos de matar a cualquier persona que dañase a un tribuno durante sus actividades. El tribuno también podía convocar al Senado y presentar propuestas en esa institución. Podían demandar a través de los alguaciles (Viatores) a cualquier ciudadano romano, incluyendo a los cónsules y altos magistrados, hasta entonces exentos de responsabilidad en el ejercicio de su cargo.

El poder del tribuno sólo tenía efecto dentro de los límites de Roma. Su capacidad de veto no afectaba a las provincias ni a los gobernadores de las mismas y su carácter sacrosanto desaparecía a partir de una milla de distancia de las murallas de Roma.

Hay un tribuno de la plebe en el vivo, que es Marco Antonio.

Las Vestales (un ejemplo en la imagen a vuestra derecha) eran el único colegio religioso público romano femenino e intervenían en muchos eventos ciudadanos. Debían de velar por el fuego del hogar de Roma y si se apagaba, era un prodigia que anunciaba malos tiempos en la ciudad. Tenían grandes honores, como el ir acompañadas de lictores por la ciudad, los Senadores les debían de ceder el paso y saludarlas adecuadamente y una de las gracias que podían conceder era el indultar a un reo de muerte, si se tropezaban casualmente con él. Pero a cambio, debían de permanecer vírgenes treinta años, no podían ser testigos en juicios y pasaban diez años de durísima formación. En el Atrium Vestae, custodiaban los testamentos de los ciudadanos romanos y los símbolos de la ciudad.

Aunque, en principio, alguno de estos cargos no acude al vivo, os recomiendo que conozcáis sus poderes puesto que podrían ser necesarios durante el desarrollo del mismo o incluso, en implicaciones posteriores.

P.

30/3/11

La Sibila y su importancia en Roma.


Estimados quirites!!

Se va acercando el vivo y aunque antes querría haber comentado algo sobre el listado definitivo de pjs y jugadores, como ha habido modificaciones importantes, prefiero introducir algo más de ambientación, hasta que todo quede claro. Voy a empezar por un personaje que se merece un post para ella sola, la Sibila. Espero que os guste y que os deje un poco más claro su importantísimo papel en la vida de Roma.

Por otra parte, pronto os diré cómo pagar la estancia y comida en la casa a la que vamos (Más de Zampa en Benaguasil).

Fortuna!!!
P.

Hace siglos, cuando todavía campaban los Dioses Olímpicos por la tierra, allá en la añorada Edad de Oro que contaba Hesíodo, una ninfa se enamoró de un humano de la Jonia y concibieron una preciosa niña, cuyo nombre nadie recuerda. Tenía el don de la profecía por su carácter semidivino y hacía sus predicciones en verso. Se la llegó a llamar Deífoba, palabra que significa deidad o forma de dios.

Se piensa que Apolo era el dios que la inspiraba y siempre se la asoció a sus templos. Por su devoción a él, le prometió concederle un gran deseo. La Sibila cogió un puñado de arena en su mano y pidió vivir tantos años como partículas de tierra había cogido; pero se le olvidó pedir la eterna juventud, así es que con los años empezó a consumirse tanto que tuvieron que encerrarla en una jaula, que colgaron del templo de Apolo en Cumas. La leyenda dice que vivió nueve vidas humanas de 110 años cada una.

En una ocasión se presentó como una mujer muy anciana ante el rey romano Tarquinio el Soberbio, un tirano al que su pueblo odiaba, y le ofreció nueve libros proféticos a un precio extremadamente alto. Tarquinio se negó, pensando en conseguirlos más baratos y entonces la Sibila destruyó tres de los libros. A continuación le ofreció los seis restantes al mismo precio que al principio; Tarquinio se negó de nuevo y ella destruyó otros tres. Ante el temor de que desaparecieran todos, el rey aceptó comprar los tres últimos, pero pagó por ellos el precio que la Sibila había pedido por los nueve, dándole una buena lección al soberbio rey. Poco después, fue asesinado por sus propios súbditos, los primeros Bruto, que fueron ensalzados por el pueblo y se instauró la República. A partir de ese momento, la Sibila siempre estuvo a su lado, aconsejándoles en los momentos de crisis. Nadie sabe mucho realmente sobre su orden religiosa e incluso este relato, no es más que una leyenda que corre de boca en boca.

Estos tres libros fueron guardados en el templo de Júpiter. Los custodiaba un colegio formado por 10 sacerdotes llamados decenviri sacris faciundis. En situaciones de crisis, los consultaban para ver si había una profecía que pudiera aplicarse a la situación del momento, puesto que los romanos pensaban que las desgracias acaecidas a la ciudad, eran una señal de los dioses: Por algún motivo, estaban ofendidos y había que seguir sus designios por boca del oráculo, para restaurar la Pax Deorum. El Senado convocaba a los decenviri y se acudía en pleno al templo para buscar la profecía que se adecuara al momento y se interpretaba (ya que eran bastante crípticas). Tras ello, se realizaba lo que podía expiar su culpa ante los dioses ofendidos y que habitualmente, era algún sacrificio o iniciar o detener alguna acción ciudadana de la que se sospechase que molestaba a las divinidades, como una guerra. Era todo un acontecimiento a nivel político y religioso, y que podía influir también a nivel militar.

En 83 a. C. el fuego destruyó los Libros Sibilinos originales y hubo que formar una nueva colección. Estaban escritos en griego, en hojas de palmera, pero tras su destrucción, pasaron a papiro.

Por ello, la Sibila era tan venerada y respetada por los romanos y sus consejos en tiempos de dificultades, eran imprescindibles. Era todo un acontecimiento que saliera de su templo y nada menos que ha decidido acudir a Villa Atia para este evento.

Salve, Sibila!!!

1/2/11

MORIR EN ROMA




Religión II: Morir en Roma.

Memento mori.

Recuerda que eres mortal.

CARMEN CI de Cátulo a su hermano.

Después de recorrer muchos países

y mares, he llegado, hermano mío,

para asistir a tus exequias tristes,

para rendirte el último tributo

y vanamente hablarle a tus cenizas

mudas, porque el destino te ha apartado

de mi lado a traición, injustamente.

Ahora, toma al menos esta ofrenda,

que según la paterna tradición

se tributa a los muertos, recubierta

por completo de lágrimas fraternas.

Este es mi último adiós, querido hermano.

La muerte es uno de los ritos de paso más importantes en todas las culturas. Pero el espíritu pragmático del romano, más que plantearse la pregunta metafísica de lo que iba a ocurrirle al fallecido, entendía los funerales como un sistema objetivo de actuaciones, cuya misión era otorgar paz a los difuntos y mantenerlos apartados de los vivos. No se conoce muy bien la creencia personal de los romanos sobre la vida en el más allá, aunque las inscripciones funerarias insisten mucho en el disfrute de la vida, aunque en ciertos textos se puedan vislumbrar alusiones a la esperanza de permanecer de alguna forma, al menos en las mentes de la gente. De hecho, parece ser que una pregunta trascendental típica de los filósofos de la época era: ¿Qué es mejor, ser odiado en vida y recordado gratamente o vivir con la aprobación general, pero no perdurar en el recuerdo?

Catulo el poeta decía: “Los soles se pueden poner y volver a salir. A nosotros, cuando se nos ponga esta breve luz, nos tocará dormir una única noche perpetua”. En cambio, Horacio pensaba que había una especie de pervivencia gracias a sus escritos y afirmaba: “No moriré completamente”. Pero en cualquier caso, no tenían un concepto del “cielo” o paraíso de la religión cristiana o de otras, tan variopintas como la nórdica con su Valhalla.

El culto romano a los difuntos tenía un doble propósito:
que los muertos sobrevivieran en la memoria de sus parientes y amigos y tratar de asegurar un medio directo de atención para sus restos mortales en la tumba: comodidad, refresco y renovación permanente de vida para sus espíritus inmortales.

El proceso de duelo y las ceremonias de “gestión” de los muertos en Roma estaban determinados según la gens a la que se pertenecía, pues en cada una había un ritual específico, se hacían sacrificios a determinados dioses lares y se procedía de una forma especial. Un hecho común era el que el ceremonial debía de ser realizado escrupulosamente para que el difunto no se convirtiera en un alma en pena o Lemur.

Para rechazarlos y apaciguarlos, los romanos celebraban las "Lemuria" los días 9, 11 y 13 de mayo. Los "lemures" eran los espíritus de los muertos, de los aparecidos.

A medianoche, el jefe de la familia se levantaba y con los pies descalzos recorría los pasillos de la casa haciendo chasquear los dedos para espantar a los espíritus, arrojando hacia atrás, sin volver la cabeza, habas negras y repitiendo nueve veces seguidas: "Con estas habas me rescato y rescato a los míos". Finalmente, después de una lustración con agua sagrada, golpeaba una placa de bronce, repitiendo otras nueve veces: "Espíritus de mis antepasados, fuera de aquí". A medida que la civilización progresó, los romanos se habituaron a considerar a los muertos como miembros de la familia que vivían en una especie de ciudad de los muertos. Hubo entonces deberes que cumplir para con los difuntos: ofertas de miel, leche y aceite, guirnaldas y rosas, y celebración de una comida, a la cual invitaban al muerto, pedían su bendición y se despedían de él con estas palabras dirigidas al alma desde entonces bienaventurada: Salve, sancte parens ("Salud, oh padre santo").

El día 22 de febrero toda la familia se reunía de nuevo en la casa para un convite común. Esas ceremonias sentimentales deben ser consideradas como una excepción en la vida de los romanos. Práctico, positivo y formalista, el romano mantuvo una actitud de respeto, "pietas". El dios, a su vez, estaba obligado a pagarles en la misma moneda. Violar el contrato hubiese sido "impietas"; ir más allá de lo obligado, una exageración, "superctitio". Lo que llamamos devoción, estaba fuera del pensamiento romano y el entusiasmo místico le hubiera chocado. Por esto no favorecía la piedad individual. Apenas si Catón permitía a los esclavos de la granja celebrar una sola fiesta al año.

El regreso de los muertos podía deberse a tres motivos: venganza, consuelo y demandar un entierro. La literatura recoge estas supersticiones y muestra ya desde la antigüedad clásica fantasmas o convidados de piedra que se aparecen con alguno de estos motivos, así Plauto cuenta en Mostellaria que Diapontio fue asesinado por su anfitrión y enterrado bajo la casa que él ahora atormenta. Plinio nos describe como una casa es visitada porque el cuerpo de alguien fue ocultado debajo de la casa.

Homero en la Ilíada recoge el momento en que Patroclo, una vez muerto, se aparece a Aquiles en sueños y le pide que le dé las honras fúnebres debidas y le anuncia su propia muerte:

¿Duermes, Aquileo y me tienes olvidado? Te cuidabas de mí mientras vivía, y ahora que he muerto me abandonas. Entiérrame cuanto antes, para que pueda pasar las puertas del Hades; pues las almas, que son imágenes de los difuntos, me rechazan y no me permiten que atraviese el río y me junte con ellas; y de este modo voy errante por los alrededores del palacio, de anchas puertas, de Hades. Dame la mano, te lo pido llorando; pues ya no volveré del Hades cuando hayáis entregado mi cadáver al fuego. Ni ya, gozando de vida, conversaremos separadamente de los amigos; pues me devoró la odiosa muerte que el hado cuando nací me deparara. Y tu destino es también, oh Aquileo, semejante a los dioses, morir al pie de los muros de los nobles troyanos. Otra cosa te diré y encargaré, por si quieres complacerme. No dejes mandado, oh Aquileo, que pongan tus huesos separados de los míos: ya que juntos nos hemos criado en tu palacio, desde que Menetio me llevó desde Opunte a vuestra casa por un deplorable homicidio —cuando encolerizándome en el juego de la taba maté involuntariamente al hijo de Anfidamante—, y el caballero Peleo me acogió en su morada, me crió con regalo y me nombró tu escudero; así también, una misma urna, la ánfora de oro que te dio tu veneranda madre, guarde nuestros huesos.

Ilíada,XXIII,69

Haremos un compendio de generalidades sobre los distintos ritos, pero podría variar, según la gens.

Lo primero era asegurarse que el muerto lo estaba realmente. Para ello, sus parientes lo increpaban en la llamada conclamatio. Tras ello, se lavaba y ungía al difunto y se vestía con ropas elegantes.

La costumbre más habitual era la incineración, aunque también se enterraba. Pero para llegar hasta ese punto, sucedían muchas cosas:

El duelo tras la muerte habitualmente duraba de 3 a 7 días, durante los cuales se exponía el cadáver, rodeado de hierbas aromáticas para evitar el mal olor y se sacrificaba una cerda a las diosas del Inframundo Ceres y Telus. Se acudía al Templo de Venus Libitina, al este de la Ciudad, para inscribir la defunción, aportando detalles del muerto como nacionalidad, edad, si era ciudadano/a).

Los familiares, vecinos, clientes, etc, pasaban a ver al difunto y a dar las condolencias a la familia, que para mostrar su dolor lucía un aspecto desaliñado, por ejemplo, los hombres, para demostrar su afectación ante la muerte de un ser amado, llevaban el cabello y la barba sin cortar. También solían cenar sentados, en lugar de reclinados. Si el finado sufrió una enfermedad larga y se preveía su muerte, ya se iba haciendo y por ello, se decía: “No dejes crecer tu barba demasiado o alguien morirá”. O también: “No estoy tan enfermo como para que os empecéis a dejar barba”. Es famoso el caso de Catón, cuando César entró en Roma, que dejó de cortarse el cabello y la barba y de cenar reclinado, como señal de duelo por la “muerte de la República”.

La excepción eran los legionarios de campaña, que a veces dejaban sus cabellos y barba un poco descuidados, por las vicisitudes de la guerra. Plutarco no se muestra muy partidario de señales exageradas de duelo, pues aflojaban el cuerpo de los que debían de estar fuertes para afrontar tan duro trago y dice así: ·”Es preciso combatir el dolor porque, si se afianza, se empieza primero por cortarse el pelo o ponerse vestiduras en señal de luto, luego sigue el descuido del cuerpo, el no bañarse y el cambiar todo el modo de vida, cuando el alma enferma debe ser socorrida por un cuerpo fuerte.”

El ritual predominante era la incineración y el siguiente paso solía consistir en conducir el cadáver en procesión hasta el lugar en donde se ubicaría la pira funeraria, el ustrinum. Esta procesión aumentaba en pompa según el dinero del fallecido, pudiendo contratarse plañideras profesionales, músicos contratados y exhibiendo las imagines maiorum, que eran los retratos de los antepasados ilustres, que acompañaban al recién fallecido y lo acogían en su seno, indicando a la vez, su honorable linaje. Incluso se podía contratar a actores que representaran a estos personajes ilustres. Esta ceremonia tomó tal envergadura ante determinados notables fallecidos, que el Senado tomó medidas para que no fueran ceremonias tan fastuosas y se promulgaron las leyes antisuntuarias.

El crematorio debía de estar obligatoriamente fuera del pomerium, el recinto sagrado de la ciudad. La pira estaba adornada con cintas y flores. Se le podía cortar un dedo al difunto (según la costumbre familiar), en recuerdo de los días en que se enterraba el cuerpo. Un familiar, sin mirar al difunto, encendía la hoguera mientras invocaba la ayuda de los vientos para que ardiera correctamente. Se vertían libaciones y tocaban las flautas mientras el cadáver ardía.

Se recogían las cenizas en una urna, en donde también se ponía el dedo cortado (os resectum) y se trasladaba a la sepultura familiar, fuera de la ciudad también, habitualmente a ambos lados de las vías. Solía consagrarse a los dioses Manes (Diis Manes sacrum) y se inscribían epitafios.

En una lápida romana aparecía una inscripción que decía: CARO DATA VERMIBUS (Carne entregada a los gusanos). Con el tiempo y la erosión las letras se fueron borrando y solo sé podía leer: CA…DA…VER…) Y es así como nació esa palabra que define a un cuerpo muerto. Todos conocemos el famoso RIP de las lápidas: Requiescat in pacem o descansa en paz.

Podía haber un banquete (silicernium). Era entonces cuando se abría de nuevo un periodo de luto y se hacían rituales de purificación del hogar, contaminado por la presencia del fallecido: Se barría la casa, se purificaba con fuego y agua, se quemaban hierbas aromáticas, etc. El noveno día después de la muerte se volvía a la tumba y se celebraba un sacrificio y libaciones, seguido de un banquete, novendialis. A partir de ese momento la herencia podía repartirse y la familia volvía a ser pura.

Aunque la vida seguía, los muertos eran honrados periódicamente. Había una serie de festividades reglamentadas, al margen de actuaciones personales. Eran los Parentalia (que incluían los Feralia y los Caristia), los Lemuria, los Violaria, los Rosalia y los Larentalia. En estos días nefastos, los templos permanecían cerrados y no era de buen augurio el contraer matrimonio. Se ofrendaban flores (violetas, rosas) y alimentos como panes, vino, leche, etc. El paterfamilias debía de realizar ciertos rituales de protección del hogar, pues se pensaba que en esos días los espíritus campaban a sus anchas por el hogar, la ceremonia concluía con una exhortación a los muertos: “Manes de mis antepasados, ¡marchaos!”

Por último, os copio unos ejemplos de este tipo de ceremonias. En primer lugar vemos un gran funeral, acaecido según Suetonio a la muerte del Princeps Augusto (Octavio): “C. (Octavio había adoptado el trianómina de su tío abuelo César, por eso lleva esa inicial, que representa la palabra Cayo o César) Murió en la misma habitación que su padre Octavio, bajo el consulado de Sexto Pompeyo y de Sexto Apuleyo, el 14 de las calendas de septiembre, en la novena hora del día, a los setenta y seis años menos treinta y cinco días. Trasladaron su cuerpo de Nola a Bobilas, llevándole los decuriones de los municipios y de las colonias y viajando de noche a causa de la estación. En Bobilas fue entregado a los caballeros, que lo condujeron a Roma, depositándolo en el vestíbulo de su casa. El Senado quiso honrar su memoria, celebrando sus funerales con pompa extraordinaria; presentáronse al objeto numerosas proposiciones: unos querían que el cortejo pasara por el arco de triunfo, precedido por la estatua de la Victoria que está en el Senado, y por los jóvenes nobles de ambos sexos cantando himnos fúnebres; otros, que en día de las exequias se llevasen anillos de hierro, en vez de anillos de oro (como símbolo de duelo y modestia); proponían algunos que se encargase de recoger sus huesos a los sacerdotes de los colegios superiores. Uno propuso también que se trasladase del mes de agosto al de septiembre el nombre de Augusto, porque había nacido en el último y muerto en el primero; otro, que el tiempo transcurrido desde su nacimiento hasta su muerte se llamase siglo de Augusto y con este nombre se designase en los fastos. Se pusieron, sin embargo, límites a tales proposiciones. Sobre sus restos fueron pronunciados dos elogios fúnebres: uno por Tiberio, delante del templo de J. César, y otro por Druso, hijo de Tiberio, cerca de la antigua tribuna de las arengas; fue llevado en hombros por los senadores hasta el campo de Marte, donde le colocaron sobre la pira. Un antiguo pretor aseguró allí que había visto elevarse de entre las llamas hasta el cielo la imagen de Augusto. Los más distinguidos del orden ecuestre, descalzos y vistiendo sencillas túnicas, recogieron sus cenizas, depositándolas en el mausoleo hecho construir por él durante su sexto consulado entre el Tíber y la Vía Flaminia; habíalo rodeado de bosque, quedando desde aquella época convertido en paseo público.”

Este otro ejemplo refleja lo ocurrido tras la muerte de Cepión, el hermanastro querido de Catón, durante las guerras serviles de Espartaco.

Cepión acababa de fallecer. Este golpe parece que le llevó con menos paciencia del que era de esperar de su filosofía, dando muestras de un profundo dolor, no sólo con derramar largo llanto y con abrazarse repetidas veces al cadáver, también con el gasto en los funerales y con las prevenciones de aromas, de ropas ricas llevadas a la hoguera y de un monumento labrado de mármoles de Paro, erigido en la plaza de Eno, que tuvo de costo ocho talentos. Hubo algunos que calumniaron esta magnificencia, comparándola con la severidad de Catón en todo lo demás, no haciéndose cargo de que en su misma entereza e inflexibilidad para los placeres, los terrores y los ruegos vergonzosos entraba mucha parte de dulzura y amabilidad. Con motivo de este duelo las ciudades y particulares poderosos le hicieron magníficos presentes en honor del muerto, de los cuales, no admitiendo dinero alguno de nadie, recibió los aromas y cosas de adorno, pagando su precio a los que las enviaban.

En las imágenes, de arriba a abajo tenéis a las Parcas, las hilanderas del destino que tejían hasta que llegaba el momento de cortar el hilo de plata de la vida de cada humano. Un altar de Lares. casero. Un conjunto de Imaginum.